En anteriores columnas reflexioné sobre los fundamentos de una vida
buena, que en esencia significa un renacimiento de la espiritualidad, que no
necesariamente debe confundirse con religiosidad. La espiritualidad no es asunto
de fe, los no creyentes y los agnósticos igualmente pueden gozar de una vida
buena, a plenitud. Es así como el Diccionario de la RAE define la espiritualidad
como: “Modo de vivir ajustado a ejercicios de perfección y aprovechamiento en el
espíritu”.
La espiritualidad es un aspecto del ser humano que se relaciona con creencias y
sentimientos profundos, tales como el propósito de la vida, la paz interior y la
relación con los demás y con la Naturaleza: El cuidado de si (el cultivo del jardín
interior), de los otros (la cooperación y la sana política) y de las cosas (la
preservación de los ecosistemas), que nos enseñan los estoicos, los humanistas y
ecologistas. Vivir en la espiritualidad es vivir conectado con lo que es esencial
para cada persona, y puede incluir experiencias religiosas y no religiosas. Bajo
este concepto es que quisiera compartir mi vital experiencia espiritual.
“Cuando nos asalta la tentación de navegar por la superficie, de vivir corriendo sin
saber finalmente para qué, de convertirnos en consumistas insaciables y
esclavizados por los engranajes de un mercado al cual no le interesa el sentido de
nuestra existencia, necesitamos recuperar la importancia del corazón». Estas
palabras tomadas del párrafo con el que el Papa Francisco abre su
encíclica Dilexit nos (2024): «Sobre el amor humano y divino del Corazón de
Jesucristo». Nuestra civilización requiere de un hombre nuevo reeducado en
valores espirituales, de convivencia y cooperación. Sin estos fundamentos,
estamos condenados a la violencia y a la guerra: a mirar como si nada tuviéramos
ver cómo se extingue la vida en el planeta.
En la tarea de definir qué se entiende por «Corazón», Dilexi nos se remonta al
griego clásico, cuyo término kardia «significa lo más interior de los seres humanos,
animales y plantas», prosigue con Homero en la Ilíada, Platón, la Biblia...
..Precisando que por corazón se entienda el «centro anímico y espiritual del ser
humano», «centro del querer y lugar en que se fraguan las decisiones importantes
de la persona», «lugar de la sinceridad, donde no se puede engañar ni disimular»,
lugar «donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás
potencias, convicciones, pasiones, elecciones», que «suele indicar las verdaderas
intenciones», para concluir: «Así advertimos, desde la Antigüedad, la importancia
de considerar al ser humano no como una suma de distintas capacidades, sino
como un mundo anímico corpóreo con un centro unificador que otorga a todo lo
que vive la persona el trasfondo de un sentido y una orientación». Ese centro que
irriga la existencia del hombre y su sentido más profundo «es la base de cualquier
proyecto sólido para nuestra vida, ya que nada que valga la pena se construye sin
el corazón. La apariencia y la mentira sólo ofrecen vacío».
Como complemento de lo anterior, quisiera referirme a un texto del filósofo
español José Antonio Marina, quien considera que las relaciones sociales son el
mayor predictor de felicidad de nuestra sociedad
(https://www.cuerpomente.com/psicologia/consejo-filosofo-jose-antonio-marina-85-
anos-aferrate-unas-y-dientes-a-relaciones-sociales-que-tengas-y-haz-posible-
porque-funcionen-bien_14850). Las relaciones humanas son el tejido que sostiene
nuestra vida. Desde las primeras conexiones que establecemos en la infancia
hasta los lazos que cultivamos en la madurez, el valor de formar parte de una
comunidad puede serlo todo para una persona: las relaciones humanas son el
tejido que sostiene nuestra vida. No en vano, la Organización Mundial de la Salud
(OMS) considera la soledad un peligro de salud pública en este nuestro Siglo.
La felicidad radica en saber armonizar tres grandes necesidades: el bienestar
físico, mantener relaciones sociales lo más cordiales y estimulantes posibles y
sentirnos útiles.
El bienestar físico es un pilar esencial. Sin salud, las posibilidades de disfrutar la
vida buena disminuyen, se ven limitadas. Pero José Antonio Marina nos recuerda
que este bienestar debe ir acompañado siempre de unas buenas relaciones
sociales. Las conexiones sociales nos proporcional apoyo emocional, nos motivan,
nos inspiran y nos estimulan a seguir creciendo espiritualmente.
Por último, sentirnos útiles, tener un propósito, contribuir de alguna manera al
bienestar colectivo, es la mejor forma de llenarnos de energía y motivación para
afrontar cada día con valor y entusiasmo.
La soledad: el gran enemigo de la felicidad
La soledad, cuando no la escogemos de manera voluntaria, afecta de forma
significativa la salud física y mental; lo más preocupante es que, con la edad
aumenta el riesgo. En soledad es muy difícil luchar contra los miedos y los
sentimientos depresivos. Para José Antonio Marina la gran solución de esta
epidemia es la comunicación: “Mantener conversaciones frecuentes, buscar
espacios de interacción y cultivar amistades son acciones esenciales para mitigar
la soledad y recuperar el preciado sentido de la pertenencia”.
Para empezar, revisemos la forma cómo son nuestras relaciones comunicativas,
cuestionando si estamos haciendo lo suficiente para cuidar de los vínculos que
compartimos con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo y con
los vecinos.
Una vez que nos hayamos hecho la pregunta, empecemos por cuidar mejor
nuestras relaciones interpersonales. Lo primero es aprender a escuchar
activamente. En un mundo en el que todos tenemos algo que decir, pocas veces
nos detenemos a escuchar al otro. La escucha activa fortalece las relaciones y
crea espacios de confianza mutua.
Otro aspecto crucial es cuidar los detalles en la comunicación. Gestos como
recordar fechas importantes; interesarse genuinamente por el otro, por su
bienestar, por sus intereses; expresar gratitud. Estos detalles pueden marcar la
diferencia. Se trata de un esfuerzo pequeño, pero que para su efectividad ha de
ser constante.
Por último, valoremos más la reciprocidad. Las relaciones jamás deben ser
unidireccionales. Tanto dar como recibir es fundamental para mantener un
equilibrio saludable. Eso significa saber pedir ayuda cuando la necesitamos y estar
dispuestos a ofrecerla, cuando otros la necesiten.
José Hilario López
Amagá, marzo 2025.